Hoy, 1 de mayo, volvemos a las calles porque el aire que respiramos está cargado de amenazas. Nuestro lema es claro y no admite medias tintas: Contra el odio y la pobreza: ¡que sea justa la revolución!
No son palabras vacías. Son el grito de quienes vemos cómo, mientras nosotras doblamos el lomo, el mundo se rompe por las costuras del odio y la codicia.
La extrema derecha avanza con una mano en el algoritmo y otra en la fractura social. Su estrategia es clara: dividirnos para que no podamos señalarles.
Nos quieren hipnotizados con el ruido de las redes sociales, consumiendo odio en dosis de 15 segundos y perdiendo el tiempo en batallas culturales inventadas. Es la anestesia digital: mientras estamos ocupados odiando al vecino o discutiendo el último bulo viral, ellos ejecutan su agenda real.
Utilizan el entretenimiento y la crispación como una cortina de humo para que no miremos donde duele: en los recortes, en la precariedad y en la pérdida de derechos. No son salvadores, son expertos en distracciones. Es hora de levantar la vista del móvil y volver a señalar a los verdaderos responsables.
Nos dicen que la economía va bien, pero la realidad entra por la puerta de nuestras casas cada vez que llega el día 1 del mes. El precio del alquiler nos está haciendo cada vez más pobres. Ya no trabajamos para vivir, trabajamos para pagar el derecho a techo a un rentista o a un fondo buitre. Es una transferencia de riqueza masiva: del bolsillo de la trabajadora que madruga al bolsillo del especulador que acumula. No puede haber justicia si el 70% o más de nuestro sueldo se va en un alquiler abusivo. No paramos de ver como desahucian a nuestras vecinas, y es el pueblo el que paraliza cada desahucio. Cada uno de ellos es una lección para todas.
La organización del pueblo consigue frenar la desesperanza. Nos enseña que cuando nos unimos, los que parecen invencibles retroceden. Ese es el camino: convertir la rabia en apoyo mutuo y la impotencia en victoria colectiva.
Consigna: si tocan a una, nos tocan a todas. Si tocan a una, respondemos todas.
Y luego están los de arriba, jugando al Risk con nuestras vidas. Estados Unidos con Israel, las amenazas a Irán… se creen los dueños del mundo. Mientras ellos juegan a los soldaditos, nosotras pagamos el pato.
Nos tienen atadas a sus combustibles fósiles, al petróleo y al gas, esos que contamos los céntimos para poder pagar, tos para que ellos sigan forrándose y controlándolo todo. ¡Ya está bien! Estamos hartas de que nuestra factura dependa de si a un señor de la guerra le da por apretar un botón. Exigimos que dejen de quemar nuestro futuro. Que se dejen de petróleo y de historias y que inviertan de una vez en energías renovables, que el sol y el viento son de todas y no de sus empresas de armamento. Queremos energía limpia para que baje la factura y para que dejen de tener excusas para ir a la guerra.
Ni vuestras guerras, ni vuestro petróleo, queremos aire limpio y no vuestro monopolio.


















Deja una respuesta